Renta fija, ¿y ahora qué?

Educación financiera
por Amilcar Barrios
19 de diciembre, 2022

Renta fija ¿para qué? ¿por qué? ¿cuándo?… Estas son solo algunas de las muchas preguntas que se hacen a sí mismos los inversores, en algunas ocasiones. El papel de los bonos da para mucho y, aunque hoy no se va a tratar sobre la conveniencia de tenerlos siempre en cartera (porque descorrelacionar, sí que descorrelacionan), la situación invita a romper una lanza en su favor.

El año 2022 pasará a la historia como el peor año que se recuerda en renta fija, con unas diferencias muy abultadas respecto a los años previos, mirando por abajo.

En el siguiente cuadro, con datos de Bloomberg a cierre de noviembre, se extraen los rendimientos de la renta fija en dólares, a través del índice Bloomberg US Aggregate Total Return Value Unhedged.

Lo que se mide es la comparación entre la rentabilidad obtenida a cierre de cada año natural (barras azules), frente a la máxima caída que se ha vivido durante cada uno de dichos ejercicios (puntos rojos).

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La conclusión que se extrae salta la vista, dado que, de forma sistemática, se cumple un patrón a lo largo del tiempo: por más y mucho que caigan los mercados durante el año, al final, estos terminan calmándose. No solo es que se recuperen de los peores momentos, sino que es que son muy pocos los años en los que la renta fija no termina en positivo. Además, desde 1980 no ha habido un solo año que haya cerrado en sus mínimos, lo cual da una idea de lo que es la volatilidad de las inversiones y la necesidad de saber capearla.

Pero lo importante al invertir, no es tanto poner el acento sobre lo que ha pasado, que también, porque da una idea de la pauta que se puede llegar a repetir, sino sentarse a pensar en qué es lo que puede suceder de aquí en adelante.

Por cierto, y solo como curiosidad, ese comportamiento histórico no es patrimonio exclusivo de los bonos, pasa exactamente lo mismo con las bolsas. Entre lo peor del año y los cierres de estos, el paso del tiempo parece detenerse y dar cabida a recuperaciones, en algunos casos súbitas. El riesgo en cualquier caso es estar fuera y perdérselo, y eso se puede ver de nuevo en el siguiente gráfico.

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Ya sabemos lo que ha sucedido echando la vista atrás, pero en esto de las inversiones, lo importante es mirar hacia delante y tratar de prever qué es lo que nos pueden ofrecer los activos a varios años vista. Y decimos a varios, porque en periodos cortos, de meses o incluso pocos años, la aleatoriedad juega un papel muchas veces determinante.

Volviendo a lo que es renta fija, al pensar en esta clase de activo, lo que nos viene a la cabeza son conceptos o ideas como la inflación, los bancos y banqueros centrales, subidas o bajadas de tipos de interés, estímulos y un largo etcétera.

Pero lo que hay que poner en el centro de la diana es la rentabilidad que esta inversión ofrece a un inversor, que, en definitiva, es lo que va a llevarse. Quien hoy invierta en bonos que están mostrando una rentabilidad de, por ejemplo, el 4%, a priori, puede asumir que ese va a ser el rendimiento su inversión, a pesar de los sustos que siempre pueden producirse por el camino. Porque cuando se habla de finanzas, NADA es seguro.

En el siguiente gráfico, se muestran los resultados para los últimos 22 años en un ejercicio que recoge precisamente esto. Por un lado, está la rentabilidad del bono americano a 10 años (US Treasury 10A). Por el otro, la rentabilidad anualizada dada por el índice Bloomberg Global Aggregate USD en los siete años siguientes, desde mayo de 2000 hasta cierre de noviembre de 2015.

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Como se puede observar, cuando la rentabilidad del bono de EE. UU. está por ejemplo en el 5%, cabe esperar que las inversiones en renta fija durante los 7 años siguientes generen una rentabilidad que, curiosamente, se acerca a ese mismo 5%. Pero mucho cuidado con hacer asunciones excesivas, pues como se refleja en el periodo que va de 2011 a final de 2014, hay momentos en los que se pueden generar “terremotos” variados en los mercados, que rompen esa relación aparentemente directa.

Así pues, se pueden extraer algunas conclusiones de lo que es el comportamiento habitual de los mercados, y de la renta fija en particular:

  • La paciencia, que en muchas ocasiones se convierte en un bien escaso, es aliado fundamental con el que ser capaces de aprovecharnos de las recuperaciones de los mercados, incluso en los entornos más adversos.
  • Nunca, en ningún caso, nadie puede asegurar un rendimiento cierto. Sí se puede hablar de rentabilidades esperables dentro de cierto rango, pero, en cualquier caso, siempre hablando del largo plazo, jamás del corto.
  • Al invertir en renta fija, no hay que fijar la atención en el cupón, error ampliamente extendido, sino en la rentabilidad que ofrece. ¿Por qué? Porque si un bono no lo quiere nadie, la única forma de hacerse atractivo es ofreciendo una rentabilidad muy elevada, que, naturalmente, trae aparejados riesgos igualmente elevados.
  • Y, por último, aunque para nada menos importante, la renta fija dentro de una cartera ha de tener un perfil defensivo, que ayude a descorrelacionar al verdadero generador de rentabilidad, que es la renta variable. Aunque esto no quita que los bonos puedan contribuir en algo al bote común.

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