¿Existe relación entre los mercados financieros y la economía?

Cultura financiera
por Rafael Suárez
02 de septiembre, 2022

La paradoja de Hempel, más conocida como la paradoja del cuervo, nos recuerda lo absurdo de razonar de forma binaria. Hempel postulaba la siguiente afirmación: “todos los cuervos son negros”, siendo esta confirmada cada vez que vemos un cuervo y observamos que es negro. Sin embargo, esto también implicaba que todas las cosas que no son negras, no son cuervos.

A la hora de tomar decisiones complejas, es frecuente que los humanos sigamos la lógica anterior, tratando de reducir la complejidad de las ideas a dos extremos, de tal forma que nuestro árbol de decisión se reduzca a uno dicotómico.

En el mundo de las inversiones hay multitud de ejemplos, como cuando los inversores se deciden a realizar cambios en cartera como consecuencia del crecimiento del PIB (Producto Interior Bruto). A este respecto, inversores y ahorradores noveles, no exentos de sesgos conductuales, suelen afirmar el siguiente mantra: “si hay recesión económica, tendré pérdidas en mis inversiones”. Lo que también implica que, “en épocas de crecimiento, siempre obtendremos ganancias”. No obstante, estas simplificaciones no son válidas ni se confirman en la realidad, pues la economía y los mercados no están alineados en el tiempo y suelen presentar comportamientos muy diferentes.

Un ejemplo de ello lo encontramos al mirar el sentimiento de los inversores y las rentabilidades de los mercados en los siguientes doce meses:

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Como se puede comprobar, cuando el sentimiento de mercado está en máximos (euforia), la rentabilidad media de la bolsa de EE. UU. a 12 meses vista, es tan solo de +4,1%, mientras que, cuando está en mínimos (pesimismo), la rentabilidad media pasa a ser del 24,9%, 6 veces superior.

En consecuencia, podemos aseverar que los mercados financieros no fluctúan en base a lo sucedido en el pasado, sino que lo hacen en función de las perspectivas futuras de un amplio rango de variables y factores, de ahí la expresión coloquial “compra con el rumor y vende con la noticia”.

Esto explica lo que vemos en el siguiente cuadro de rentabilidades de la bolsa de EE. UU. desde 1947. Cuando peor es el sentimiento económico (anuncio de recesión), mejor se comportan los mercados financieros en los próximos meses. De la misma manera, previamente a una recesión, el mercado se adelanta y suelen presentar retornos negativos:

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En cualquier caso, este cuadro solo tiene en consideración resultados a 3, 6 y 12 meses vista, períodos de tiempo más propios de un especulador que de un inversor. Este último debería pensar en sus objetivos vitales, segmentarlos por plazos, y trasladar cada uno de ellos a una combinación de activos coherente con los riesgos que pueda asumir. Es decir, siempre estará expuestos a riesgos, pero lo importante es saber cuáles desea asumir en cada momento de su vida.

Sin embargo, saber cuándo se van a materializar los distintos riesgos es imposible, razón por la que el trabajo del inversor debe ser construir una cartera para cada uno de los objetivos, teniendo en cuenta su horizonte temporal, una adecuada diversificación y que esta cartera le permita cumplir sus necesidades en todo momento, independientemente del estado en que se encuentre la economía y los mercados financieros.

Por ejemplo, el objetivo del capital asignado a objetivos de corto plazo es que este sea 100% líquido y con un riesgo muy reducido, pues es un capital que se va a utilizar en breve y que, posiblemente, el inversor necesite para vivir.

Por otro lado, el resto de objetivos de mayor plazo deberán estar construidos de tal forma que sean capaces de soportar las distintas tormentas que seguro nos encontraremos por el camino. Esto no significa que todos los años vayamos a obtener rentabilidades positivas, o que estas sean superiores a la inflación, sino que, en el cómputo de varios años, en media, hayamos conseguido cubrir los gastos, inflación e impuestos, y conseguido una rentabilidad extra procedente de haber asumido ciertos riesgos en el corto-medio plazo.

En conclusión, como señaló Voltaire en su día, el sentido común es en realidad el menos común de los sentidos. Por ello, el inversor no debería invertir pensando en una relación perfecta entre economía y mercados financieros, sino en base a un plan estructurado, donde el capital que necesite en el corto plazo sea líquido y esté protegido, y asumir una mayor volatilidad en el corto plazo en aquel capital que no va a necesitar próximamente, lo que le permitirá beneficiarse de la capitalización compuesta y obtener retornos potencialmente superiores en el largo plazo. De esta forma, logrará hacer crecer su patrimonio de forma ordenada a la vez que podrá conciliar el sueño sin problema alguno.

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